“Conectar cada día con el agradecimiento, con la belleza, bondad, creatividad y empatía. Todos los días. Desde ahí disfrutar de estar vivo.” Federico Llamas. Universidad del Medio Ambiente.
En el paseo de subida del río ayer, Celia, una amiga que esta visita estos días por el pueblo me dijo:
«Ostia tía, llevo todo el verano oliendo a humo».
En realidad ha sido el mes de agosto pero parece una eternidad. Aquí cerca nos ha pillado el de Monbeltran, Ávila y ahora el de Jarilla y Jerte, Cáceres. Este último todavía activo ha llenado el valle del alto Tormes, donde estamos, de humo y calima de partículas en suspensión.

Y menos mal que es solo eso por aquí, ayer un amigo de Tornavacas me contaba como ha sentido el miedo al ver las llamas tan cerca de su casa. Este verano (2025), lo recordaremos porque muchas de nosotras hemos sentido los incendios más cerca que nunca. Toda mi solidaridad con la gente de las zonas que se han quemado.
Hablando de los incendios en casa
Aunque los incendios no te han pillado cerca es probable que tus hijos hayan oído sobre ellos, las noticias han llenado titulares, la gente habla… Y aunque como adultos podemos comprender el problema mejor, para los peques todo puede resultar confuso, triste o incluso aterrador.
La clave está en cómo hablamos de ello con ellos: no desde el miedo, sino desde la conciencia, las soluciones y la conexión con la naturaleza.
Niños pequeños (3 a 6 años)
A estas edades todavía viven el mundo desde la fantasía y las emociones, por lo que no necesitan datos duros ni imágenes impactantes. Lo mejor es hablar en lenguaje sencillo: “A veces en los bosques se producen fuegos grandes que pueden hacer daño a los árboles y a los animales. Por eso nosotros cuidamos mucho la naturaleza.” Transmitimos cuidado y respeto, no miedo.
Niños a partir de 7 años
A estas edades ya comprenden mejor la causa-efecto y pueden manejar información más concreta. Podemos explicarles que los incendios muchas veces se producen por descuidos humanos y que podemos ayudar a evitar: no tirar colillas, no dejar vidrios, recoger la basura, usar el agua con responsabilidad…
En mi opinión es importante también hablar del abandono del campo y de los pueblos, de que volver a los pueblos es necesario, que se necesitan más pastoras, más apicultoras, más queseras, más agricultoras… Revalorizar estas profesiones rurales para que puedan sentirlas como opción.
Los niños aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos. Involúcralos en pequeños gestos cotidianos: apagar luces, separar residuos, ahorrar agua, cuidar las plantas de casa o tener huerto familiar… Esto les enseña que forman parte activa del cuidado del planeta.
Naturaleza y gratitud
Si queremos que nuestras criaturas amen la naturaleza quizás una de las cosas más importantes es que pasen tiempo en ella: jugar en el campo, observar insectos, abrazar un árbol, mojarse los pies en un río. Cuanto más la conozcan y disfruten, más la amarán y querrán protegerla.
Y cómo bien dice Federico Lamas, trabajar la gratitud y el agradecimiento. Por ejemplo antes de dormir, podemos agradecer juntos al bosque, al aire limpio, al agua fresca… Estos pequeños rituales crean un vínculo profundo con la tierra y un sentimiento de pertenencia.
Cuando hablemos de los incendios debemos hacerlo sin cargarles con miedo o culpa, sino aportarles herramientas, conciencia y amor por la naturaleza.
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