El otro día estábamos tomando una caña en una terraza al sol del medio día.

En este bar hay castillo inflable que suele ser un espacio de alto conflicto. Nada en contra de los castillos que conste: les encantan, estimulan su sistema vestibular, mueven el cuerpo y además son espacio de mucho aprendizaje de la tolerancia.

Aunque la verdad que casi nunca está una del todo tranquila cuando están en los castillos.

Castillos y conflictos

Y claro surgió un conflicto.

Uno de los niños vino llorando. Este niño ya tiene 10 años, yo hacia mucho que no lo veía llorar así que realmente estaba sufriendo. Vino a su adulto de referencia y este no pudo entender su sufrimiento y le culpaba por lo que había hecho.

Lo hacemos mucho, yo también, cuesta empatizar cuando han hecho algo “malo”.

El niño se le pegaba para que lo abrazara y le consolara, se estaba sintiendo mal por lo que le habían hecho y por lo que él después había hecho a los demás.

Pero no había manera de conseguir empatía, sólo culpa.

Además al ser un niño ya grande, en años y en tamaño, parece que en público cuesta todavía más, como si ya debiera saber controlarse.

Abrazos y empatía

Otro colega nuestro, que por cierto es bastante sensible, estaba viendo la escena y pasándolo mal, sufriendo por la criatura, Quizás le recordara tiempos vividos.

Así que hice un comentario. No me gusta meterme en la manera de maternar o paternar de los demás pero el sufrimiento mueve.

“Anda, dale un abrazo, es todo lo que necesita”

Fue abrazarlo y todo cambio, este adulto pudo conectar con el niño y ya se fueron hablando las cosas. Al poco se había solucionado.

Legalicemos los abrazos, a criaturas grandes también.

Y legalicemos el llanto, de criaturas grandes también.

Y de adultos.

Legalicemos el llanto y los abrazos

¿Cuantas veces no te has sentido fatal por acabar llorando por algo? ¿Por necesitar un abrazo de alguien?

Tampoco quiero culpar a este adulto que no quería abrazar. Estaba haciendo lo mejor desde su entendimiento y el cariño. Tenemos ideas extrañas de que se tienen que hacer duros, capaces de comportarse y recomponerse solos.

Quiéreme cuando menos lo merezca, será cuando más lo necesite.

El mundo sería un lugar mejor si supiéramos dar abrazos cuando menos se merecen. Creo que seriamos más empáticos y más cuidadosos con lo que nos rodea, tanto con las personas, como con los animales, nuestro entorno…

Quiero con esta reflexión ayudarme a mi misma a saber empatizar también cuando estoy enfadada, molesta. No siempre llego a tiempo. Cuando consigo llegar a la empatía y la compasión crezco, me ensancho y soy mejor.

Esta reflexión, como otras muchas, salió por mi newsletter a mediados de Enero 23.

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