Con el equinoccio estuve leyendo bastante sobre la diosa Eostre u Ostara.
Ostara es el nombre de la celebración del equinoccio en la Rueda del Año y viene de esta diosa.
Eostre, me gusta más llamarla así. Me encanta porque esta relacionado con la palabra Easter e east (en inglés) Pascua y amanecer.

Se sabe poco sobre esta diosa, algunas referencias aquí y allí en textos medievales. Fue Jacob Grimm (sí, de los hermanos Grimm, los de los cuentos populares) quien comenzó a investigar sobre esta diosa, la etimología de los nombres relacionados con ella y la rescató del olvido.
De ahí se recopilo algo de la historia y los mitos de esta diosa.
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Y leyendo sobre él el otro día, me entraron una ganas tremendas de escribir una versión del mito ><
Funciono así, como se me meta algo en la cabeza no paro, y efectivamente, no he podido centrarme en mucho más esta semana, mi corazón y mis dedos estaban en el cuento.
Siempre me decís que lo que más os gusta son los mitos clásicos, pues hay aquí uno más y precioso.
El mito de la Diosa Eostre y los huevos de Pascua – cuento
“El amanecer estaba gélido cuando la diosa Eostre abrió los ojos aquel día de final del invierno. Se levantó y se estiró para salir. Le gustaba salir a pasear por el bosque aunque hiciera frío, viento o lloviera. Sabía que todo ello: el frío, el viento y la lluvia, eran muy necesarios para que la Tierra acumulara su fertilidad y rebrotara fuerte cuando llegarán los días de sol y calor.
Aquella mañana, a pesar del frío, notó que algo estaba ya cambiando. El final del invierno estaba aproximándose rápido. Llevaba días notándolo porque oía a las aves cantar y revolotear de diferente manera: se estaban cortejando. Además se notaba que cada vez el sol se asomaba por el horizonte más temprano que el día anterior y ya habían asomado las primeras flores de los almendros.
La primavera llegaría en breve.
A pesar de la lluvia, Eostre salió de casa y paseó por el bosque. Su pelo se mojó y se despeinó, la lluvia le azotaba la cara y le tiraba de la capa, pero ella siguió su paseo. Eostre quería comprobar que los animales y las plantas del bosque estuvieran bien.
Así fue pasando cerca de las madrigueras de los conejos que estaban comiendo hierba. Pasó también por las tejoneras y comprobó que los tejones estaban secos: la prole ya había nacido y se aseguró que estaban bien calentitos con su madre, mamando y creciendo fuertes. Mamá zorra estaba también ya muy ocupada con sus zorrillos que había parido justo anoche y claro, no había podido salir a buscar comida. Eostre dejó algo de comer en la entrada sin que ella se diera cuenta.
Pasó a ver a las ratas de agua cerca del arroyo, a los lirones, las comadrejas y las garduñas. Se encontró con los corzos, los gamos y los ciervos que estaban disfrutando ya de la hierba fresca que había crecido con las últimas lluvias. Vió a mamá jabalí que no había parido todavía y ya le costaba moverse tan ligera ¿cuántos jabatos traería este año? Los vientres y las ubres de todas las hembras preñadas estaban ya rosados e hinchados, ¡qué poquito les quedaba para parir!
Algunos insectos ya habían despertado pero estos días de lluvia y viento no les gustan así que estaban poco activos y no vio muchos de ellos: apenas algún zapatero en las primeras flores, alguna chicharra que comía hierba y unas ninfas de mariquita dándose un festín de pulgones.
Las aves parecían haber pasado la noche regulín con tanto viento pero se habían aferrado bien a sus ramas en sus escondrijos y ahora ya revoloteaban por los árboles y por el suelo buscando algo de comer. No vió anfibios o reptiles, estos seguían durmiendo en sus escondites como era de esperar.
Miró a los árboles, ya habían empezado a crecer tímidamente también, sintió su savia ya ascendiendo por los troncos hasta las ramas. Se veían algunas yemas de los árboles caducos, como los robles o los álamos y nuevas hojas en los perennes como las encinas y los pinos.
Uno de los árboles cerca del arroyo no había sobrevivido a la ventisca de la noche y había caído. Era un álamo que llevaba tiempo enfermo, la temporada pasada había tenido un ataque de hongos y se había quedado muy débil. La hiedra, que lo había rodeado durante el invierno, hizo el resto.
— Adiós querido álamo — le dijo Eostre mientras lo observaba cerca — Gracias por la vida que diste y la que todavía vas a dar a los insectos y hongos que se comerán tu madera. Además, dejaste semilla y parece que una de ellas está creciendo fuerte cerca del hueco que has dejado, ahí tendrá luz. Cuidaré de que llegue a adulto y viva muchos años — le dijo Eostre en voz alta.
Siguió caminando y se frotó las manos con una jara pringosa para prendarse de su olor en esta lluviosa mañana. Se llevó las manos a la nariz, uhmmmm. Con estos aromas le gustaba despertar a Eostre. Emprendió el camino de vuelta a casa, todo parecía en orden. Estaba lloviendo un poco menos y el viento había amainado.
Caminó escuchando el crujir de las hojas bajó sus pies y oliendo el olor a humus. Estaban ya casi desechas por el frío del invierno y las últimas lluvias. Pasó por la fuente para llenar su cántaro y llevarlo a casa.
Según estaba llenando su cántaro, oyó un gemido, se giró y al lado de la fuerte vio una pequeña ave tirada en el suelo. Era una herrerillo hembra. Se acercó y la cogió en sus manos. Tenía las alas destrozadas, casi sin plumas y no podía terminar de cerrar una de ellas. El invierno la había dejado débil y, al igual que el álamo del arroyo, no había soportado el fuerte viento de la noche.
— Pequeña herrerilla, ¿estás viva? Te llevaré a casa y te daré de comer para que puedas recuperarte — le dijo.
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