El jueves se nos murió nuestra perrita Tula y hemos estado bastante tristes por aquí. Si alguna vez has tenido perro, sabrás lo que se les quiere.

Tula estuvo poco más de dos años con nosotros. Corto pero muy, muy dulce. Recogida de la perrera, era una podenca andaluza súper lista, fibrosa y obediente que nos daba muchas alegrías y cariño en casa.

Como te puedes imaginar el que peor lo está pasando es el peque, era su perrita linda y la verdad que jugaban mucho.

Perrita Tula descansando en su cojín

Por aquí hemos tenido que acompañar la muerte y el duelo un par de veces en los últimos tiempos.

Obviamente la perdida de mi madre el año pasado fue muchísimo más fuerte y dura para todos, pero a los perros se los quiere mucho y están en nuestras vidas a diario, así que también se les pena. Lo que más me ha sorprendido es la cantidad de enlaces que he hecho entre la enfermedad y la muerte de ambas.

Hay una cosa que definitivamente cambió en mi cuando murió mi madre: ahora la muerte es una opción en mi mente, sé que está ahí. Antes era como si no existiera siquiera.

Ahora ya sé que pisa fuerte. Ahora sé que existe, y por una parte lo vi venir, nunca antes lo había visto.

La muerte es parte de la vida, solo nos queda llorar, aceptar la tristeza y recordar a las que se han ido. La vida sigue y ellas querrían vernos felices.

Sentir, llorar y recordar con cariño. Vivir el duelo.

Estamos ya buscando otra perra, iremos a la protectora esta semana y no dudo que encontraremos algún corazoncito buscando casa.

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