Este verano, como cada verano, hemos estado en el pueblo. Mi madre era de un pueblito pequeño del Alto Tormes en la Sierra de Gredos y desde que soy pequeña hemos veraneado allí, mi raíz está allí y mi hijo y mi sobri también están creando la suya.

En este post te hablo de los beneficios de veranear (o vivir) en el pueblo y en este otro de mi pueblo, Navacepeda.

Como te decía, mi pueblo es serrano, con calles estrechas, casas de piedra, poco tráfico rodado y zonas de prados y huertos. Por lo tanto, de siempre, la infancia ha jugado libre, subiendo, bajando, yendo viniendo y creando.

Como no podía ser de otra manera y como muchas otras generaciones han hecho, este verano, la pandilla de niños de la edad de mi peque (de 8 a 11 aprox), se montaron una cabaña.

Un día que estaban aburridos vinieron a casa y me pidieron una peli. Obviamente les dije que no, que allí había calles y campo para jugar. Insistieron y por eso me puse a preguntarles sobre juegos que les gustaran. Salió el tema cabañas, uno de los niños dijo que su primo y sus amigos la habían montado en el Jollo, una zona de huertos cerca del arroyo. Así que allí que fueron a montarse la suya, estaban emocionados.

Me pidieron algunos materiales para hacerla y les di unos tablones, palés y unas telas, pero debió de parecerles poco y se bajaron al punto limpio y allí recogieron de todo para montarse su mega cabaña.

El juego de crear espacios cerrados

El ver la ilusión con que iban mejorando paredes, decoración, entrada… me hizo pensar en el juego de construir cabañas. Ese rincón secreto junto al arroyo no es solo un juego, es una necesidad vital.

Llevo años observando a la infancia jugar y, tarde o temprano aparece la escena: cojines convertidos en murallas, sillones colocados y una sábana sobre la mesa, ramas formando una cabaña en el halfpipe del skatepark. Pero ¿por qué esa fascinación por los espacios cerrados?

Construir refugios responde a una necesidad profunda de seguridad y autonomía. En esos pequeños escondites, la infancia siente que tienen un espacio propio, donde mandan ellos, protegidos del mundo exterior adulto.

Es como un “vientre simbólico” que les permite revivir la sensación de cobijo, pero esta vez creado por sus propias manos. Los refugios son la manera que tienen los niños de buscar seguridad y autonomía.

Además, levantar una cabaña implica creatividad, resolución de problemas y cooperación si juegan con otros. Tuvieron que coordinarse para elegir qué traer, dónde ponerlo, cómo hacer las paredes si con helechos o con palos, quien entra y quien no (aquí hubo un pequeño conflicto porque un niño no dejaba a otro y tuvimos que hablar con ellos). Aprenden a resolver problemas y a negociar con los demás.

No es solo juego: es ensayo de vida y aprendizaje.

Allí en su refugio ponian sus normas y se montaban sus roles en un espacio íntimo y seguro. Esa es la magia de las cabañas: construir afuera lo que necesitan dentro.

Creación de una cabaña por niños en el lateral del halfpipe y cerrada con hojas de palma colocadas en fila

Refugios en la naturaleza

En la naturaleza, este juego es todavía mejor porque la naturaleza ofrece materiales muy versátiles y sensoriales: trabajar con ramas, hojas o piedras les conecta con su entorno, despierta su creatividad y los invita a colaborar.

En este caso además tenían el lujo de una zona densamente arbolada de robles. Además por el Jollo pasan pocos adultos y la verdad que la montaron de manera que casi ni se veía desde el camino.

Un refugio no es solo una cabaña improvisada: es el reflejo de lo que los niños necesitan por dentro. Un espacio propio, hecho con sus manos, donde sentirse seguros para crecer.

No hace falta tener pueblo, solo un poco de espacio al aire libre, incluso en casa y tiempo de juego para crear cabañas, siempre surgen.

Y como siempre digo, nuestras criaturas no necesitan ir a lugares exóticos ni conocer mundo de vacaciones, necesitan tener espacios de juego en los que puedan aprender, crear y disfrutar cada verano.

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